La escalera de caracol III

Capitulo tres: Tres vidas

Observó el lugar. Había una chimenea encendida. Una cuna de madera con un bebé de 5 meses durmiendo en ella. Se acercó y con manos temblorosas lo cogió en brazos. Sin querer las lágrimas nacieron de sus ojos marrones. Contempló aquel bebé tan hermoso que sostenía entre sus brazos, como una madre, era su hijo.

  • ¿Qué hago yo aquí?
  • Encontrar respuestas- dijo el bebe sin abrir la boca, tan solo la miraba con sus preciosos ojos marrones, heredados de su madre, la niña, que luego fue la joven y después la mujer de 35 años, madre.
  • Respuestas – repitió ella dejando el bebé-

Se acercó al espejo y no vio nada. No había ningún reflejo. Se aproximó todavía más. Y en un susurró dijo:

  • Respuestas.

Y en el espejo apareció un lugar familiar pero que no sabía ni siquiera donde era. Y sin pensar cerró los ojos e introdujo la mano en él.

De nuevo el espejó la engulló y la arrojó a un descampado.

Se levantó y tras girarse vio una granja. Entró en ella con cuidado. Los olores le resultaron más que familiares, como si en ellos hubiese parte de ella.

Al lado de las escaleras que conducían a la segunda planta, había un comedor rústico. Y en uno de los sillones, sentado y pensativo había un hombre con abundante barba, fumándose una pipa.

  • Papa – dijo sin darse cuenta, y en medio de pensamientos confusos, se dijo a si misma que su padre la esperaba en casa con su madre, entonces ¿por qué había dicho eso?

Se paró tras aquel hombre. Le tocó el hombro igual había hecho aquella mujer que le había producido tan bienestar.

El hombre se giró y al ver sus ojos, sonrió. Su sonrisa iba de oreja a oreja. Desprendían sus ojos tanta felicidad como amor. Levantó un brazo indicándole que se sentará sobre su regazo como en los viejos tiempos cuando todavía era una niña. Y al sentarse sobre él y abrazarlo la mujer de 35 años despareció de aquel lugar y apareció en un pasillo larguísimo.

  • ¿Y ahora qué? – preguntó al silencio-.

Miró tras los ventanales y vio un precioso lago con montañas tras él. Caminó largo rato sobre el pasillo y al llegar al final abrió la única puerta que había. Al abrirla se encontró en un establo con unos diez caballos preciosos, marrones, blancos, negros, blancos y marrones.

Se paseó sobre el establo hasta llegar a una yegua blanca con una mancha negra al principio del hocico. Mirándola fijamente y posando su mano sobre el animal dijo de nuevo sin entender:

  • Luna, te he echado tanto de menos – unas lágrimas aparecieron en sus ojos-. ¿Quieres pasear conmigo, vieja amiga? – la yegua a modo de respuesta relincho y agitó su cabeza hacia arriba-

Salieron ambas del establo. Se acomodó sobre su lomo y emprendieron a galope un nuevo trayecto. La yegua decidida cogió brío lanzándose sobre el lago y en un salto viajaron en el tiempo y espacio. Unas inmensas alas de luz se desplegaban a los lados de la yegua.

Al aterrizar sobre un campo verde lleno de amapolas, la mujer se sintió un poco cansada. Descabalgó de la yegua y bajo un sauce llorón descansó un tiempo, el suficiente. Respiró aquellos aires, traían aromas que en la distancia del tiempo y recuerdo vagamente sentía que ya había estado allí.

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