La escalera de caracol

Capítulo uno: El ascenso

La niña subió por la escalera de caracol. Sus escalones de madera eran muy viejos y la niña temía que en cualquier momento se hundiera bajo sus pies, pero a pesar del miedo continuó su ascenso hacia lo desconocido.

Empezó a cansarse, la escalera giraba y giraba, se retorcía en si misma como si no tuviese otra cosa que hacer. No había escalón que no fuera diferente, cada cual con su tonalidad distinta,  todos viejos pero todos desconcertadamente heterogéneos. La niña se paró un momento y se asomó por el agujero de la escalera, en medio de la espiral, y sintió de pronto un mareo al ver la altura, ya no conseguía ver el suelo.

Como de poco servía retroceder sobre sus pasos decidió continuar la subida. En cada escalón se preguntaba qué lugar se encontraría: un bosque encantado lleno de hadas o tal vez bestias feroces como hombres lobo u ogros, tal vez un lugar tranquilo como un precioso lago en el que poder nadar y ver el cielo azul mientras hundes los brazos en el agua cristalina, un castillo en ruinas cuya única habitante fuera una bruja blanca, una ciudad de papel donde los que recorrieran sus calles fueran las letras de los cuentos.

Y de pronto pensó que tal vez aquella escalera fuera tan larga porque en realidad la llevaría al cielo. Abuela. La niña con todo su empeño empezó a subir la escalera tan rápido como sus cortas piernas se lo permitían.

Abuela. Abuelo. Puma. Max. Pensó que allí, aquellos que hacía poco que habían abandonado sus cuerpos, que la muerte cruel e injusta se los había llevado, deberían estar esperándola con los brazos abiertos.

La niña no tropezó, no cayó ni se le acabó el aliento.

Y por fin una puerta apareció de la nada. La niña por un momento tuvo miedo. Tal vez se había hecho demasiadas ilusiones. Cogió el pomo de la puerta dorado y redondo y lo hizo girar. Empujó la puerta y una luz inmensa le cegó durante unos instantes. Puso su mano sobre la frente para combatir el exceso de luz.

Cuando por fin sus ojos se adaptaron a la luz comprobó el lugar donde habían acabado sus pies cansados de subir la infinita escalera de caracol.

Se encontraba en medio de un inmenso prado verde. El viento era fresco. Las montañas se hacían compañía las unas a las otras rodeando el grandísimo claro. El sol lucía en medio de un cielo azul precioso, apenas había más que unas pocas nubes.

La niña caminó por el prado. Notaba la tierra húmeda bajo sus pies descalzos. Alzó sus brazos y empezó a correr. Estaba tan contenta aun sin saber muy bien porque, tanto tiempo subiendo por aquella escalera oscura, en el último tramo le faltaba el aire, y se había agobiado tanto que alguna que otra lágrima había saltado de los ojos.

La niña danzaba entre la hierba verde, las amapolas rojas, las margaritas y las mil y una flor que había y desconocía.

Cuando por fin la niña dejó de bailar, correr, girar y reír maravillada por aquel descubrimiento, decidió explorar un poco el lugar. Así que tomó el primer sendero que entraba en el bosque.

No encontró ni hadas ni duendes, al igual que tampoco ningún ogro malvado, ni tan siquiera un triste pegaso.

La niña pensó entonces qué lugar era aquel y porque estaba ella allí. Ni siquiera recordaba cuando ni dónde había encontrado aquella escalera.

Sola en mitad de aquel bosque sentía que ya no quería continuar el viaje que había emprendido. Echaba de menos a sus padres y su hermana mayor. Las nubes habían aparecido y parecía que en cualquier momento una buena tromba de agua fuera a empapar el lugar que momentos antes lucía de gran resplandor.

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